Tengo veintiocho años.
Perdí a mis amigos, como se pierden los novios y a medio día se les recuerda como a los muertos que cruzan las calles.
Hice dos blogs antes, que de sensible tenían un poco el nombre y luego un poco los colores. Lo demás fue falso como la literatura pero en señal discontinua. Mala calidad, es decir hojas de cuaderno con las líneas muy marcadas.
Estoy en una edad en la que mis contemporáneas deciden tener hijos. Yo decido que no. Que no sólo tengo miedo de no ser yo sola, tengo miedo del mundo sin recursos.
Imagino muchas veces la vida de los que conocí como si fuera una tela interminable de lo mismo que vivimos. Como si mi vida también fuera la misma, me equivoco en esas proyecciones. Menos mal que se aprende un poco al empastar un libro propio.
Lo aprendido es que siempre se aprende de nuevo.
A veces extraño las salas de lectura, el sudor en algunas partes del cuerpo. Los nervios de los halagos. A veces sólo extraño las sensaciones hermosas del pasado. Las tristes no.
Me encantaría escribir en mi teclado viejo, es una de las mejores maneras de ser pianista sin saber nada de música, como andar aprisa y a caballo.
Ahora aprendo cosas deveras importantes: oraciones.
Aprendo que una sabe miles de cosas pero son primitivas y salvajes y su sorpresa de saberse se diluye tan pronto que hay que volver a aprender a usar los signos de puntuación, a hacer planas para que queden las letras redonditas.
Decido hacer entradas como se me antojan los sorbos de café. Para comenzar el día.
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